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  • lugaitán

Un mito

Perséfone fue secuestrada por Hades, el dios del mundo subterráneo, cuando él se enamoró de ella. Entonces, Pérsefone es obligada a pasar una temporada en el infierno. Su madre, Démeter, se entristece y la Tierra comienza a secarse. Este es el origen mitológico del invierno. El padre de Persefone, Zeus, intercede y busca hacer un acuerdo con Hades para lograr que su hija regrese a la superficie. El problema es que Persefone, en su estadía en el submundo, come unos frutos prohibidos y de este modo, ya no puede volver a su vida anterior. Zeus logra un acuerdo con Hades y Persefone puede pasar unas temporadas en la superficie, pero luego debe volver bajo tierra. Cada vez que esta mujer vuelve, los árboles y las plantas florecen. Otra vez, el origen mítico de una estación. En este caso, la primavera. O sea, el mito contempla la existencia del cambio y la transformación.

El relato de Perséfone nos abre al significado simbólico de todas esas historias que hemos vivido muchas mujeres: los escenarios del amor romántico, las relaciones basadas en el dramatismo y los problemas constantes. Entrar en esa dinámica es el equivalente al invierno emocional y salirse de ella, nos lleva a florecer. Esta historia, en términos astrológicos, aplica a los aspectos de Venus y Plutón en nuestra Carta Natal y en tránsitos. Igual que Persefone, atravesar una o más de una experiencia de estas características, tiene un impacto profundo en nuestra personalidad. Ya nada vuelve a hacer igual. ¿Cómo podría serlo? El desafío con este aspecto es abrirse a la transformación profunda que sucede producto de la intimidad. Al modo de Jung: “el encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”. Esto quiere decir que si hay encuentro verdadero con el otro, algo va a modificarse en nuestro fuero interno. Sino es una relación superficial. Ahora bien, como en el mito, el que intercede es el padre de la chica. En el Manual de Psicología ABC, el Padre trae la conciencia de límite. Dice “esto se puede y esto no”. O sea, que nuestras relaciones necesitan bordes muy claros. Sino es fácil que esa transformación de la que hablan Jung y el Mito, se convierta en destrucción. Vivir en una lógica de destrucción constante puede darnos la sensación de estar llenos de energía. Pero también puede ser muy desgastante. Y toda nuestra vida se consume en función de lo que sucede en nuestra relación de pareja. Creo que, a esta altura, es bastante claro que hay otras areas que necesitamos desarrollar. Por ejemplo, el lado profesional, académico, la crianza de nuestros hijos (si es que los tenemos), la relación con amigos y con nuestra familia. Con tanta intensidad en el plano de la pareja, es fácil quedar drenados por completo. Si hay algo en nosotros que busca y anhela intensidad, que esa potencia vaya a otro lugar. Tanta energía necesita un entorno que sea regulado y delimitado. Algunos ejemplos evidentes serían la militancia política, la actuación, el trabajo intenso con el cuerpo físico... Todo esto que menciono es una forma de darle un cauce a esta corriente, que si no es direccionada, se convierte en algo destructivo.

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